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ISSN 1989-4163

NUMERO 81 - MARZO 2017

Carlota

Julio Soler

    ¿Por qué tenía que pasar las vacaciones en aquella infame cabaña? ¿Por qué no estaba en Canadá, como le había augurado la más gallega de sus hermanas?

    Durante cuatro semanas Carlota había soportado los interminables hachazos de los leñadores del exterior, consentido y aguantado el guisar truchas asalmonadas cada seis horas y enseñar esgrima a su hija menor. Estaba harta. Estaba enamorada de su marido. Su marido era leñador. El no osaba  colgar el hacha en el interior de su cabaña, a ser no ser que estuviera totalmente afilada. La cabaña era naturalmente de madera de abeto. Harta.

    La idea de ir de vacaciones a aquel lugar había partido de ella, es cierto. Pero, de todas maneras, también ahora tenía derecho a recobrar repentinamente alguna que otra nostalgia. Nostalgia de sus cursillos de anatomía táctil y artes gráficas explícitas. Nostalgia de dejarse olvidado el tubo de abéñula sobre el mostrador de la farmacia para que el boticario lustroso, lozano y apuesto le volviera a pedir la receta.

    Ella estaba enamorada de su marido y su marido se hizo leñador eventual en épocas vacacionales.

    En la ciudad, Carlota tenía su vida resuelta. Era bella, elegante y resuelta. Y aunque le atraía, no se bañaba en el primer arroyo turbio que encontraba y no leía en exceso a D.H. Lawrence, pero sí que le turbaba hacer conjeturas sobre las iniciales D. H. En las sobremesas, se abandonaba a este pasatiempo. Un día era Dura Herida, otro Diógenes Humeante, otro Dios Hoy, otro Dame Héroe, incluso los sábados a la hora a la hora de la siesta mantenía fija la respuesta a su cábala Drástico Hurgo. Efectivamente, alguien dijo de ella, creo que el grupo Alphaville: "su cuerpo gris parecía apenas real".

    Pero lo que son las cosas, Carlota, Carlotiña como le llamaba la hortera, menos gallega y falsa auguradora de una de sus hermanas, vaciaba el tarro de sus  ardientes esencias entre mullidas pieles sintéticas de oso polar. Pieles sintéticas excelentes para machihembrar el amor y hacerse inmortal siempre y cuando estuvieran cerca de la delirante chimenea de la cabaña y por supuesto con fuego descontrolado pero perimetrado. Cuando sus llamas y chispas se tornaban color azul celeste, era el final de una era.

    Treinta y cinco días habían pasado desde el comienzo de las vacaciones. Como todos los crepúsculos, Carlota daba clases de esgrima a su hija menor pero única:

-Ves, ves. Así, así..., siente la coreografía, hazla tuya y así serás certera en tu estocada.

-Mamá, te quiero. Lástima que todo en este mundo pase tan veloz.

    Surgió quizás, en ese momento, la anécdota. Algunos dicen que es fuente de vida. Carlota dejó caer con maestría el florete con empuñadura bruñida de orfebrería fina pero ligera. Primero fueron los brazos los que se elevaron inexorablemente buscando con las yemas de sus dedos alcanzar el techo de madera de abeto. Luego las extremidades inferiores comenzaron a temblequear. Golpes de cintura. Latigazos de cadera. Frenéticamente bailó una muñeira. Y mientras bailaba, notaba como los dientes incisivos se aferraban, más y más, unos contra otros. Taquicardia (paroxística). Las lágrimas, entonces, se resbalaron por su rostro e indumentaria de esgrima pues indudable y francamente se sintió triste. Triste y lejana. ¿Por qué tenía pues, que pasar las vacaciones en aquella cabaña, tan infame como arrebatadora?

    Su marido era afortunadamente ya leñador fijo y no eventual y ambos se amaban. Así que esa última tarde de leñador eventual, Carlota descubrió en la camisa de cuadros rojos y negros de su marido, unas iniciales, D. H.

-¿D. H?

-Sí, David Herbert, cariño. Me la bordaste tú. Oye y ¿ese tatuaje L. C. tuyo en el hombro?

-Lady Chatterley, me lo grabaste tú. Cojamos más vacaciones

Carlota

Captura del video clip Invisible Light de Scissor Sisters de la productora Canadá.

 

 

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